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EL PERRO EN LA EDAD MEDIA

A pesar de las prohibiciones de la Iglesia, los señores de la Edad Media tuvieron cada vez en mayor estima la compañía de sus perros. Auxiliares de caza ya protegidos por las leyes en las Galias, los perros entraron en las casas al comienzo del Renacimiento.

COMPAÑERO DE CAZA

Durante la alta Edad Media, el ideal de vida propuesto al joven franco insistía en las aptitudes guerreras (la palabra franco procede del antiguo alto alemán frekkr que quiere decir atrevido, fuerte, valiente). Estas cualidades, innatas en el muchacho de buena sangre, se habían de desarrollar mediante una serie de actividades, un entrenamiento cuyo elemento fundamental era la caza, concebida como aprendizaje de la guerra, del arte de matar. En la caza, el joven audaz llevaba a sus perros de compañeros, cómplices y auxiliares. Durante los largos años pasados en adiestrarlo, en conseguir que tuviera las mismas reacciones, los mismos reflejos y las mismas inquietudes que su dueño, entre el hombre y el animal, se creaba una relación estrecha y una verdadera convivencia.

Esta pasión era común a todas las poblaciones de origen tanto galorromano como germánico de la Galia merovingia o carolingia, hasta el punto de que se instauró un sistema legal de protección del perro, no exento de humor: entre los burgundios (pueblo germánico instalado en la región a la que daría nombre, Burgundia o Borgoña), el ladrón de un perro era condenado a besar en público el trasero del animal y el que se negara ello debía pagar cinco sueldos al propietario y dos de multa al tribunal público. Los francos instalados al norte de las Galias y en la cuenca parisiense, eran más rigurosos puesto que elevaban la cantidad hasta quince sueldos para indemnizar al propietario del perro, cuyo potencial de caza había sufrido temporalmente la pérdida de un auxiliar aplicado y eficaz.

PROHIBIDO POR LA IGLESIA

En la sociedad de la alta Edad Media, todo hombre digno de ese nombre apreciaba la compañía de los perros, y muchos clérigos, a pesar de las exigencias de su estado y de las repetidas prohibiciones de los concilios merovingios y carolingios, iban a cazar a los bosques con sus perros. También les parecía normal acoger los perros dentro de las casas, cerca del fuego, a pesar de que estos animales eran considerados, según ciertas creencias, como una de las encarnaciones del diablo. (Los milagros de san Ursman relatan que los caballeros que se negaban a obedecer la orden de los monjes que les exigían que hicieran las paces entre sí veían pasar un perro negro... y tres meses mas tarde todos ellos morían en combate.)

La arqueología muestra testimonios conmovedores: a pesar de la hostilidad de la Iglesia, que consideraba dichas prácticas como culpables supervivencias paganas y como tales las condenaba severamente, a comienzos de la Edad Media algunos difuntos iban acompañados por sus perros hasta la tumba, pues la muerte no tenía por qué separar unos viejos camaradas.

... Y CONVERTIDO PRONTO EN AMIGO DE LA CASA

Los perros son no sólo cazadores sino también guardianes. En particular, frente a los lobos, sus parientes libres y salvajes, que si bien merodean normalmente por los bosques, pueden volverse peligrosos cuando azuza el hambre: en 585, los lobos penetraron en Burdeos y devoraron los perros que intentaban cerrarles el paso. Una evocación más agradable: a finales de la Edad Media, el toscano L.B. Alberti recomendaba la presencia de perros en la vivienda para que los niños tuvieran con quien jugar y la casa estuviera animada con el alboroto de los ladridos de los perros y los gritos de los niños. El perro de compañía aparecería naturalmente en el nuevo marco de esas casas nacidas con la era del humanismo y el Renacimiento en las que la alegría de vivir, la comodidad y la estética se convertían en nuevas exigencias; de pronto el perro dejó de ser únicamente un miembro más del equipo de cazadores de jabalíes para convertirse en un participante más en diversiones pacíficas, frívolas y gratuitas.


LA SELECCIÓN

Sin embargo, no se dejaron en el olvido los antiguos e intensos placeres de la vida al aire libre, y los personajes más encumbrados, incluido el rey de Francia, se ocuparon concienzudamente de sus manadas de perros. El joven aristócrata que en el castillo del señor local se preparaba para el oficio de caballero tenía que aprender en primer lugar a cuidar los caballos y los perros.

Durante los primeros siglos de la Edad Media, la cría de estos últimos contó con la ayuda de los autores antiguos recién descubiertos, aunque más que la ayuda teórica de estos sabios, se realizó una selección genética, empírica.

Las principales cualidades que se buscaban en los reproductores eran resistencia, capacidad para identificar la caza y agresividad. Por otra parte, los grandes señores se enorgullecían de poder presentar perros de raza, que para ellos constituían una prueba de su grandeza y prestigio.

Se valoraban los finos y temibles sabuesos. De ahí el cruel juego de palabras que la gente con un sentido del humor corrosivo utilizó para designar a quienes perseguían a los herejes, como los religiosos llamados dominicanos ( del nombre de su fundador Santo Domingo) especializados en la persecución de los cátaros en el marco de la siniestra Inquisición, y a quienes por eso les llamaron Domini canes (en latín “perros del Señor”)

SANTO DOMINGO


"The Mission of the Preachers in the Church."

La Leyenda (primera biografía de Santo Domingo) narra una visión que su madre, la Beata Juana de Aza, tuvo antes de que Santo Domingo naciera. Soñó que un perrito salía de su vientre con una antorcha encendida en su boca. Incapaz de comprender el significado de su sueño, decidió buscar la intercesión de Santo Domingo de Silos, fundador de un famoso monasterio Benedictino de las cercanías. Hizo una peregrinación al monasterio para pedir al Santo que le explicara el sueño. Allí comprendió que su hijo iba a encender el fuego de Jesucristo en el mundo por medio de la predicación. En agradecimiento, puso a su hijo por nombre Domingo, como el santo de Silos. Es un nombre muy apropiado, por cuanto Domingo viene del Latín Dominicus, que significa "del Señor". De Dominicus (Domingo) viene Dominicanus (Dominico, que es el nombre de la Orden de Santo Domingo). No obstante, utilizando un juego de palabras, se dice que Dominicanus es un compuesto de Dominus (Señor) y canis (perro), significando "el perro del Señor" o el vigilante de la viña del Señor)

Fuente: "Conocer al perro" Colección "Mis Amigos los Perros" / Site www.dominicos.org (la leyenda de Santo Domingo)